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lunes, 5 de octubre de 2015

UN PROBLEMA DE PESO




Hoy os traigo un microrrelato que ha sido seleccionado y publicado en el libro de microrrelatos R.I.P (1895-2015).


Un problema de peso
Desperté a mi vecina. Debía de estar profundamente dormida porque hasta el quinto timbrazo no abrió la puerta. Le señalé el gentío congregado a mi espalda, a través de la ventana, y le expliqué que en medio de nuestra calle había una ballena. Ella me miró con los ojos medio cerrados y me dijo: “Como no tenemos que sacar el coche del garaje —era domingo—, no veo dónde está el problema”. Acto seguido se encogió de hombros y me cerró la puerta en la cara, como si encontrarse un cetáceo de sesenta mil kilos encallado frente a la puerta, en pleno Madrid, fuera cosa de todos los días.
Volví a casa y descorrí las cortinas. La calle estaba repleta de periodistas y cámaras de televisión. El pobre animal sobrevivía a duras penas.
De no haber sido por el agua que algunos vecinos acarrearon durante horas, la ballena habría muerto.
Al día siguiente la noticia llenó las primeras páginas de todos los periódicos. Hablaban de la solidaridad de la gente, de la especie a la que pertenecía la ballena… Pero nadie se preguntaba cómo había llegado hasta mi puerta.


©Pilar Fernández Bravo

domingo, 5 de enero de 2014

NOCHE DE REYES


Olmo era un niño muy inteligente e intuitivo. Esperaba la venida de los reyes o, al menos, encontrar los regalos bajo el árbol como siempre. Había crecido y con él las dudas sobre el tema. No obstante, siguió la rutina de escribir la carta, visitar a sus Majestades en el centro comercial (este año le tocó Baltasar aunque no era su preferido), poner los zapatos bien alineados junto a los demás y hacer todo lo necesario para que al ritual de la noche de Reyes no le faltara de nada. El protocolo exigía, además de hablar con mamá y papá un rato después de la cena, irse pronto a dormir. Esto último no solo no lo acataba en esta noche tan especial, sino que era de difícil cumplimiento en su vida cotidiana. 
El cuento que tenía entre las manos le ataba al sillón mientras su madre escuchaba atenta cada frase esperando el final. Se dio cuenta de que Olmo había comenzado a repetir dos veces cada párrafo, dilatando así las horas de forma exasperante.

—Se acabó —y le cerró el libro con fuerza provocando un viento huracanado delante de sus narices— ¿Y si vienen los Reyes Magos y te pillan despierto?

—Los reyes magos no existen.

—Pero tú tienes ilusión, eso es suficiente. Crees en la magia.

—La ilusión es un engaño de los sentidos, se lo escuché decir a la abuela.

—Pero también es Esperanza y si se cumple lo que deseas te hará feliz. Eso significa tener sueños que se convertirán en alegrías cuando se hagan realidad y veas tus juguetes. Por eso debes irte ahora a la cama. Mañana te sorprenderás.

—Yo ya soy grande y no quiero irme a dormir; además, no creo que los Reyes Magos vengan aquí.

—Pero si tú mismo escribiste la carta, hiciste la cola para ver a los Reyes Magos y se la diste personalmente, pudiste comprobar que sí existen. Además, ¿por qué hay roscón de Reyes si no, y por qué dejamos los zapatos para que nos echen los regalos?...

—¡Entonces, ¿por qué Baltasar desteñía?!

—¡…!

©Pilar Fernández Bravo

¡¡FELIZ NOCHE DE REYES!!




lunes, 14 de octubre de 2013

Anna

Anna

Me llamaste tan ilusionado que no pude negarme. Después de practicar el amor en los lugares más extraños y peligrosos, el Museo Oceanográfico de Mónaco me pareció un paraíso seguro. Llegamos y, sin preámbulos, me besaste como si la vida estuviera atrapada en la viscosidad de nuestros fluidos. Entonces oí un crujido y miré hacia el techo: a seis metros de altura pendía un misterioso dinosaurio. Su enorme mandíbula se había desprendido y no tuve tiempo de advertírtelo. Quedaste tendido en el suelo con una corona encajada en la cabeza, como un Cristo, y de la frente manaban caminitos rojos que llegaban hasta tus labios, dibujándote una mueca que parecía sonreírme. Un cartel había caído también y yacía en tu pecho, como si siempre lo hubieras tenido pegado. Podía leerse: “Anna, le reptile aux grands yeux vous attend...”.

©Pilar Fernández Bravo
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lunes, 23 de septiembre de 2013

El desvío

El desvío
Desde que penetré en el local, un bar de carretera sucio y alejado de la autopista, lo supe. Me lo dijo el cojeo del aire y esa bandada de miradas licuando pendencia. Enseguida experimenté un estado de arrepentimiento irreversible; pero no me dio tiempo a mucho más porque una ráfaga de pólvora, que salió de detrás de la barra, viajó por el aire detenido hasta mi pecho y lo abrió de par en par, como se abren las puertas de un toril.

 Al principio pensé que tal vez, solo tal vez, no moriría al instante, o un equipo de emergencias entraría por la puerta de aquel antro y me salvaría la vida. Luego, caí desplomada sobre la sangre caliente y cerré mis ojos para siempre. Y aunque había perdido la vida no ocurría lo mismo con la consciencia, que me regalaba una última reflexión: los desvíos matan, no volveré a tomar uno. Como si eso fuera posible.

©Pilar Fernández Bravo
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sábado, 17 de marzo de 2012

Jaque mate



Me encuentro frente a un tablero de ajedrez, donde la mitad de las piezas son de marfil y la otra mitad de perla negra. Aún no ha empezado el juego. Me gusta ver todas las piezas en su casilla de salida. Quietas. El orden me apacigua.
Empieza la partida. Una mano mueve la primera ficha y algo hace crac en mi cabeza. El rey, la reina, los caballos y todos los demás se mueven y parecen enfrentados... Entonces el tablero se convierte en un campo de batalla y yo me pierdo en una selva de baldosas infinitas. Por un momento me doy cuenta de que a mi universo lo sostiene un hilo. Pero luego, doctor, lo olvido.
—¿Qué loco reconoce su locura? El médico soy yo y le puedo asegurar que ningún loco lo hace.
—Sí, pero ¿qué loco dice la verdad? Yo le estoy contando la verdad. Tengo muchos momentos lúcidos en los que me acuerdo de todo. No estoy loco, doctor.
—Le pido que acabe de contarme lo que pasó. Lo está haciendo muy bien.

La partida está a punto de terminar. Yo ya he vislumbrado la jugada ganadora. Saco del bolsillo de mi chaqueta una jeringa llena de cianuro. Me acerco al ganador y me coloco detrás de él. Cuando levanta la mano para mover la última pieza, le atravieso la espalda con la aguja y vacío el veneno a través de su camisa. Da jaque mate mientras se desploma sobre la mesa. Este es el momento más sublime del ajedrez. Una escena inolvidable.

—No me diga, doctor, que no acabo de darle un bocado a su exquisita cordura.
 
©Pilar Fernández Bravo
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domingo, 26 de febrero de 2012

En lo profundo del Yuro


(Foto de René Cadima) 

Un hombre permanece tendido en una parihuela, con los ojos abiertos a pesar de estar muerto. Se halla en una escuela oscura y maloliente, perdida en un pueblo de la selva boliviana, llamado La Higuera. El que lo había acompañado la noche anterior en la espesura, cerca de la Quebrada del Yuro, sale a la puerta de la escuela y da de señas a dos tipos para que entren. Después, uno de ellos saca de dentro de su tabardo un serrucho pequeño, se acerca a la parihuela y sierra las manos al cadáver.
Una hora más tarde, los soldados que custodian la escuela entran y verifican la mutilación. En ese momento comprenden que tienen un grave problema y deben actuar con rapidez: unos forenses argentinos llegarán al día siguiente para corroborar mediante pruebas dactilares la muerte de ese hombre que, antes de ser acribillado a balazos, identificaran como el Che. Por eso hacen correr el cuento de que las manos están guardadas como una reliquia en Cuba, o ellos mismos lo piensan, buscando  una explicación a lo ocurrido.
Pero la verdad está escondida en lo más profundo de la selva del Yuro, en una casita de adobe donde, sentados a la mesa, una mujer y sus dos hijos esperan a Gabriel Guchacano, del que todos dicen que es el doble de Ernesto Che Guevara.

© Pilar Fernández Bravo
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domingo, 5 de febrero de 2012

El deporte nacional


Todo había sucedido de forma canallesca. Rafa era el enemigo número uno de Luis, y fue con el chivatazo a «los de arriba». No es que a Rafa le importara lo que Luis hiciera o dejara de hacer, pero le tenía una envidia mortal. Por eso, cuando aquella mañana pasó junto a su mesa y lo vio fisgoneando una Web de esas «guarras», urdió su treta. Solo tuvo que pensar en su mujer, la de Luis, una guapa abogada de éxito; solo tuvo que ver a sus dos hijos, los de Luis, guapos y listos hasta deslumbrar; solo tuvo que pensar en el piso, el de Luis, de doscientos metros cuadrados en la mejor zona de Madrid; solo tuvo que mirar por la ventana el Audi de Luis aparcado a la izquierda de su utilitario y solo tuvo que pensar en su desgraciada vida, la suya propia, la de Rafa, para decidirse a hundir a su compañero. Sí, apenas compañero, aunque se hiciera pasar por amigo.
Los jefes requisaron el ordenador de Luis y comprobaron que había estado viendo pornografía en horas de trabajo. El despido fue fulminante, y Rafa experimentó la satisfacción del cazador ante la presa. 
Pero el gozo de Rafa fue transitorio: la mujer de Luis, la abogada de éxito, defendió a su marido y tuvieron que anular el despido. Ya se sabe: esos ardides legales que sólo unos pocos conocen.
La vuelta de Luis al trabajo fue memorable: media España respiró tranquila. 
A Rafa, sin embargo, nunca le habían avergonzado tanto.

                                                        ©Pilar Fernández Bravo


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domingo, 8 de enero de 2012

A la intemperie



­—Lo siento, su marido ha muerto. Hemos hecho lo que hemos podido –había sentenciado el médico aquel lunes aciago.
Mi madre le miró, esculpiendo una mueca de dolor tan grave como sucinta. Me agarró y tiró de mí hacia la puerta, sin mirar atrás.
Durante muchos años sentiría el sabor del silencio en medio de la lluvia, que se colaba por todas las rendijas del coche desvencijado de mi padre, en la noche más fría que yo recuerdo.
Cuando entramos en casa, después de dejar a mi padre en la morgue, mi madre me dedicó una caricia llena de ternura, en un esfuerzo infinito por controlar la compasión. Se sentó en el sofá y me hizo repetir lo mismo en sus rodillas. Me miró, y dijo:
 ―No fumes nunca.
Y nunca lo he hecho.

© Pilar Fernández Bravo
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domingo, 20 de noviembre de 2011

Con los ojos cerrados


            He vuelto a la casa de mi infancia.
He cerrado los ojos, porque los ojos abiertos alejan el recuerdo.
La muerte me trajo hasta las escaleras que conducen a la casa de mi madre. Las noto frías. Asciendo por el olor húmedo y arenoso del jardín. La voz gruesa de la puerta, al abrirse, afianza mis sentidos. Nada ha cambiado, excepto que mi madre está muerta. La enterramos ayer.
Cierro la puerta detrás de mí y siento, como un azote, el olor amargo que quedó impregnado en las paredes para siempre, ese olor que me acompañó en la niñez. Atravieso el salón con la volatilidad que me concede la dulzura de la alfombra donde aprendí a dar los primeros pasos. Al final hay un pequeño escalón, me agacho para tocarlo. Durante muchos años fue mi referencia con la casa, no sé si porque marcaba la frontera con la biblioteca. Huele a libros viejos, envueltos en el polvillo de los años en los que el dedo deja huella. Esnifo a Whitman, y el polvo que duerme en sus páginas se adueña de mi nariz, como una emanación humeante, una mezcla de aire y tierra. Pero no huelo el vapor del cocido de mi madre ni noto el tacto de su presencia en los rincones de mi cuarto. Han pasado muchos años y todavía siento el gusto pegajoso del verano que compartía con mis hermanos, y las noches a la intemperie buscando la Osa Mayor. Me pego a las paredes, sé que cuando salga llevaré la señal de cal en el vestido. Los marcos de las fotos, que formaban parte del decorado de todas sus vidas, ya no están.
En la calle, oigo el golpe ronco de la verja al cerrarse y me alejo, poco a poco, mientras me abrazan los aromas del aire.
Encaro el camino de tierra que me lleva al pueblo, y los recuerdos siguen agolpándose uno a uno, en presente; primero como estampas quietas y luego en movimiento: el percherón de mi abuelo donde vamos subidos mi hermano y yo, el frío de la sierra, el olivar terregoso y sembrado de piedras y aceitunas; la Dehesa, extendida como un lienzo, llena de encinas que cobijan nidos de herrerillos y rabilargos (a veces, y con suerte, vemos el vuelo de algún alimoche o algún milano); la Garganta del Fraile, con su imponente salto de agua, rodeada de fresnos y alisos; la Fuente del Capillo y la Fuente Nueva, que tan bien conozco, donde vamos a gamusino; el Mirador de la Sierra, donde posa mi hermano para su última foto: su sonrisa no presagia la muerte cercana, ni la noche de lluvia generosa en el duelo, ni el luto, ni la soledad, ni el silencio, ni la vida sin él. Ni mi dolor. Bordeamos el arroyo por caminos de jaras que proyectan puntos blancos sobre la vegetación, dejando un tapiz impresionista digno de Seurat, y vamos a la Cruz del Siglo, que domina la sierra, a celebrar la “mogará” en la fiesta de Todos los Santos.

Vuelvo. Respiro las flores que les llevo, y el reflujo de la tarde siempre me trae los mismos recuerdos.
© Pilar Fernández Bravo

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miércoles, 2 de noviembre de 2011

La muchacha que soñaba con el mar

 La muchacha que soñaba con el mar
 Al principio te parece lo más natural: si te encuentras un muerto en el Retiro a las seis de la mañana, vas a la policía. Sin embargo, en comisaría eres víctima de un atroz interrogatorio: A qué hora exacta pasaste por allí, cómo lo encontraste, si viste a alguien más o qué hiciste la noche anterior. Y es el colmo cuando te preguntan por la música que suena en tu mp3. ¿Qué relación tiene eso con encontrarte un maldito muerto en el parque?
Después, te pierdes en el vacío de los subterráneos del metro. Quieres alejarte deprisa y olvidar. Olvidar la bocaza del policía que te interrogó.
Llegar a casa no te alivia. Intentas dormir un poco en el sofá, pero no puedes: un pitido en la cabeza te lo impide. Vas a la habitación, abres la ventana y miras hacia abajo —vives en un séptimo—, te subes al alféizar y respiras hasta sentir el oleaje del Sur en los poros… Cierras los ojos y guardas esa última imagen del mar, ese vértigo de agua que no deja ver la luz, pero aísla y protege del mundo.
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