domingo, 26 de febrero de 2012

En lo profundo del Yuro


(Foto de René Cadima) 

Un hombre permanece tendido en una parihuela, con los ojos abiertos a pesar de estar muerto. Se halla en una escuela oscura y maloliente, perdida en un pueblo de la selva boliviana, llamado La Higuera. El que lo había acompañado la noche anterior en la espesura, cerca de la Quebrada del Yuro, sale a la puerta de la escuela y da de señas a dos tipos para que entren. Después, uno de ellos saca de dentro de su tabardo un serrucho pequeño, se acerca a la parihuela y sierra las manos al cadáver.
Una hora más tarde, los soldados que custodian la escuela entran y verifican la mutilación. En ese momento comprenden que tienen un grave problema y deben actuar con rapidez: unos forenses argentinos llegarán al día siguiente para corroborar mediante pruebas dactilares la muerte de ese hombre que, antes de ser acribillado a balazos, identificaran como el Che. Por eso hacen correr el cuento de que las manos están guardadas como una reliquia en Cuba, o ellos mismos lo piensan, buscando  una explicación a lo ocurrido.
Pero la verdad está escondida en lo más profundo de la selva del Yuro, en una casita de adobe donde, sentados a la mesa, una mujer y sus dos hijos esperan a Gabriel Guchacano, del que todos dicen que es el doble de Ernesto Che Guevara.

© Pilar Fernández Bravo
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domingo, 19 de febrero de 2012

Los cuatro elementos


Agua

Piel de lluvia matinal y recurrente
Murmuradora de humedades
Vida transparente

Tierra

Con el agua te haces el fango; con el seísmo, tiemblas
El latido te hace madre; inmortal, la belleza
Magnetismo de mis labios cuando te bordean

Fuego

Asesino de  sueños y papeles
Siempre excesivo
Misterioso y arrogante tragador de secretos

Aire

Invasor mudo. Perseguidor de quimeras
Morador invisible de calles, ciudades y gargantas
Bailador de hojas secas
 

©Pilar Fernández Bravo

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jueves, 16 de febrero de 2012

AMORES EXTRAÑOS














                                      Amores extraños

Los aleros, las cornisas,
los salientes, los andamios
todos los bordes de la vida,
los precipicios más cortantes
eran mi lecho preferido.

Me gustaba entregarme
en medio del vértigo.
Era un amor extraño,
 muy osado y peregrino.
Lo confieso,

me gustaban los placeres con aristas.

©Pilar fernández bravo

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martes, 14 de febrero de 2012

jueves, 9 de febrero de 2012

Tiempo de frío


Cae la nieve
Las ramas desnudas esperan
que acabe el largo invierno.
Vendrá la primavera
caliente sobre la cima.
Comenzará el deshielo
y los besos enfermos
podrán curarse al sol.



©Pilar Fernández Bravo

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domingo, 5 de febrero de 2012

El deporte nacional











Todo había sucedido de forma canallesca. Rafa era el enemigo número uno de Luis, y fue con el chivatazo a «los de arriba». No es que a Rafa le importara lo que Luis hiciera o dejara de hacer, pero le tenía una envidia mortal. Por eso, cuando aquella mañana pasó junto a su mesa y lo vio fisgoneando una Web de esas «guarras», urdió su treta. Solo tuvo que pensar en su mujer, la de Luis, una guapa abogada de éxito; solo tuvo que ver a sus dos hijos, los de Luis, guapos y listos hasta deslumbrar; solo tuvo que pensar en el piso, el de Luis, de doscientos metros cuadrados en la mejor zona de Madrid; solo tuvo que mirar por la ventana el Audi de Luis aparcado a la izquierda de su utilitario y solo tuvo que pensar en su desgraciada vida, la suya propia, la de Rafa, para decidirse a hundir a su compañero. Sí, apenas compañero, aunque se hiciera pasar por amigo.
Los jefes requisaron el ordenador de Luis y comprobaron que había estado viendo pornografía en horas de trabajo. El despido fue fulminante, y Rafa experimentó la satisfacción del cazador ante la presa. 
Pero el gozo de Rafa fue transitorio: la mujer de Luis, la abogada de éxito, defendió a su marido y tuvieron que anular el despido. Ya se sabe: esos ardides legales que sólo unos pocos conocen.
La vuelta de Luis al trabajo fue memorable: media España respiró tranquila. 
A Rafa, sin embargo, nunca le habían avergonzado tanto.

                                                        ©Pilar Fernández Bravo


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